El CSD dice basta al circo de LaLiga
Se acabó la barra libre para Javier Tebas, o eso nos quieren vender desde las altas instancias. En un fútbol español donde el fin de semana hace tiempo que dejó de jugarse en el césped para disputarse a navajazos limpios mediante comunicados de madrugada y tuits envenenados, la decisión del Consejo Superior de Deportes (CSD) de mandar al presidente de LaLiga al banquillo del Tribunal Administrativo del Deporte (TAD) marca una teórica y necesaria línea roja. Ya iba siendo hora de que alguien le pusiera el cascabel al gato de la incontinencia verbal.
Comparar la línea editorial de Real Madrid TV con los «mecanismos de propaganda que explotó Goebbels» no es un patinazo dialéctico cualquiera. Es una meada fuera de tiesto histórica, una banalización atroz y una salida de tono absolutamente intolerable para el hombre que ostenta la presidencia de la patronal y la vicepresidencia de la RFEF. Que la televisión del club blanco es una trituradora diseñada meticulosamente para condicionar al estamento arbitral, lo sabe hasta el que asó la manteca. Sus vídeos semanales, diseccionando cada resoplido de los colegiados con música de película de terror de fondo, son una estrategia de desgaste asfixiante. Pero de ahí a utilizar el nazismo como arma arrojadiza contra uno de tus propios socios, hay un abismo. Tebas se ha ganado a pulso la sanción por su falta de decoro y por jugar a ser el pirómano mayor del reino en redes sociales.
Pero cuidado, porque la justicia deportiva en este país es un arma de doble filo que, curiosamente, casi siempre corta por el mismo lado. Si vamos a poner sobre la mesa el artículo 76.4.b de la Ley del Deporte para castigar las faltas de «respeto recíproco» y exigir dignidad institucional, convendría sacudir un poco el polvo de la hemeroteca y prepararnos para las sorpresas.
¿Dónde estaba el extremo celo del CSD y el rasgado colectivo de vestiduras cuando Florentino Pérez, en su momento, deslizó sin despeinarse que le habían robado ligas a manos llenas? Aquellas declaraciones incendiarias, que ponían en jaque la limpieza de toda la competición, la honradez de los rivales y la propia esencia del estamento arbitral, pasaron de puntillas por los despachos sancionadores. Nadie elevó el caso a las altas instancias. Ningún tribunal se reunió de urgencia para evaluar si el máximo mandatario blanco estaba vulnerando el sagrado decoro del deporte español. Se corrió un tupido velo, se miró hacia otro lado y la vida siguió su curso.
El problema de fondo es estructural y todos los que habitamos en este ecosistema lo conocemos de sobra: con «papá» no te puedes meter. Todos sabemos perfectamente cómo funciona el engranaje cuando el presidente del Real Madrid frunce el ceño. Toses un poco más fuerte de la cuenta en dirección a la zona noble de Chamartín y, al día siguiente, se desata la tormenta perfecta. La maquinaria legal y mediática se pone a funcionar a mil revoluciones, los altavoces afines sincronizan el mensaje y terminas sentado en un auténtico tribunal de la Santa Inquisición mediática, pidiendo perdón por haber osado cuestionar el dogma.
Tebas debe pagar por su boca, por supuesto. Su gestión a golpe de tuit tóxico es insostenible y daña la imagen de la competición que él mismo intenta vender en el extranjero. Sin embargo, aplaudir la intervención de oficio del CSD no debe cegarnos ante una realidad aplastante que desvirtúa todo el sistema. En el lodazal de nuestro fútbol, la higiene institucional se exige a gritos, con luz y taquígrafos, para el presidente de LaLiga, pero se silencia de forma sepulcral cuando toca mirar hacia el palco del Bernabéu.
Si queremos limpiar el chiringuito, que se limpie de verdad, con lejía para todos y caiga quien caiga. Porque si el decoro deportivo, el respeto y las sanciones solo son de obligado cumplimiento cuando el ofendido viste de blanco, entonces no estamos ante un acto de justicia y regeneración del fútbol español. Estamos, pura y simplemente, ante una cruda demostración de quién tiene realmente las llaves del calabozo y quién dicta las normas en este circo.





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