Messi conquista el Teatro Campoamor
Hoy, las botas de tacos se quedan en el armario y dejan paso a los zapatos de charol. La alfombra azul de Oviedo se despliega frente al Teatro Campoamor para recibir al hombre que, literalmente, se ha pasado el juego. Lionel Andrés Messi levanta el Premio Princesa de Asturias de los Deportes, el galardón institucional más prestigioso de nuestro país. Un reconocimiento que trasciende la pelota, que lo eleva a la categoría de mito cultural y que nos sirve de excusa perfecta para mirar por el retrovisor y dimensionar la salvajada de carrera del jugador que ha tiranizado este deporte durante más de dos décadas.
Parece que fue hace un siglo, pero todo empezó con una servilleta en un club de tenis y un tratamiento de hormonas de crecimiento que nadie más quería pagar. Aquel chico menudo de Rosario, que no hablaba y miraba al suelo, terminó instaurando la dictadura futbolística más estética y letal que se recuerda. En el FC Barcelona, Messi no solo batió récords; los aniquiló hasta dejarlos irreconocibles.
Bajo el ala de Ronaldinho aprendió a sonreír en el campo, pero bajo la batuta de Guardiola se convirtió en un arma de destrucción masiva. Aquel invento del ‘falso nueve’ reventó las pizarras de toda Europa. En Can Barça dejó obras de arte imborrables: el gol maradoniano al Getafe, el vuelo sin motor en Roma, el 2-6 en el Bernabéu o la humillación a Boateng. Máximo goleador histórico del club, máximo artillero de LaLiga, cuatro Champions, diez Ligas y un año 2012 donde anotó 91 goles, una cifra que parece un error de la Matrix.
Es imposible explicar la grandeza de Leo sin nombrar a su antagonista perfecto. Durante más de una década, Messi y Cristiano Ronaldo protagonizaron un pulso marciano, una guerra fría de goles que nos malacostumbró a todos. Si uno metía un hat-trick el sábado, el otro respondía con un póker el domingo. Se retroalimentaron, se obligaron a no relajarse ni en los entrenamientos y elevaron los estándares del fútbol a unas cotas que, muy probablemente, no volveremos a ver en la vida. Gracias a esa rivalidad, Messi afiló su colmillo competitivo.
Si el Barça fue su jardín del Edén, la selección argentina fue durante años su particular corona de espinas. Messi tragó veneno a litros. Lloró la final del Mundial de 2014, sumó dos decepciones crueles en las Copas América frente a Chile y llegó a claudicar en público: «Se terminó para mí la selección», dijo, completamente ahogado por el peso de un país que le exigía ser Maradona todos los días.
Pero el guion de este deporte le tenía reservado un clímax digno de Hollywood. Volvió, se puso el brazalete, se remangó y lideró la era Scaloni. La redención comenzó rompiendo el maleficio en el mismísimo Maracaná en 2021. Y el éxtasis absoluto, la consagración definitiva, llegó en Lusail. El Mundial de Qatar 2022, con esa final de infarto ante Francia, fue el acto de justicia poética más grande de la historia del deporte. Al levantar la Copa del Mundo al cielo del desierto, ataviado con aquel ‘bisht’ negro, el rosarino se sacudió por fin todas las sombras, cerrando para siempre el debate sobre quién es el más grande de todos los tiempos.
Hoy, mientras apura su retiro dorado en Miami enseñando a los estadounidenses de qué va este juego, su palmarés individual asusta. Ocho Balones de Oro (una cifra que suena a chiste para el resto de los mortales), seis Botas de Oro, premios The Best, el Laureus… Lo ha ganado absolutamente todo.
El Premio Princesa de Asturias que recoge hoy en Oviedo no es una copa más para la vitrina. Es el abrazo definitivo de la cultura y de la sociedad a un genio que convirtió el regate en patrimonio de la humanidad. Es el reconocimiento a un tipo que nos hizo encender la tele solo para ver qué nueva locura se le ocurría inventar. Ya no le quedan estadios por silenciar ni premios por levantar. Messi ya es, simple y llanamente, eterno.





Conversación