Opinión | El Clásico de los cuchillos largos

Olvídense por un momento de Kylian Mbappé tirando desmarques al espacio, de Lamine Yamal rompiendo cinturas, de la trampa suicida del fuera de juego de Hansi Flick o de las trincheras infranqueables de José Mourinho. La verdadera carnicería de este domingo no se va a librar sobre el «inmaculado» verde del Santiago Bernabéu, sino unos metros más arriba, a salvo del barro, en la elitista moqueta de la zona noble. El palco de autoridades de Chamartín va a ser este fin de semana un auténtico congelador de alta gama donde Florentino Pérez y Joan Laporta escenificarán la comida de directivas más hipócrita, tensa y tóxica que recuerda el fútbol español contemporáneo. Entre canapés de caviar y copas de vino de añada, van a volar los cuchillos.

Hace no tanto tiempo, apenas un par de temporadas, estos dos presidentes parecían hermanos de sangre juramentados en una cruzada divina. Eran el dúo intocable. Iban de la mano a los tribunales europeos, compartían estrategias con los bufetes de abogados más caros del continente y formaban un bloque de granito para dinamitar el monopolio de la UEFA con su ansiada y polémica Superliga. Frente a las amenazas de Aleksander Ceferin en Europa y de Javier Tebas en España, Florentino y Laporta eran uña y carne. Un matrimonio de conveniencia perfecto. Pero el ‘Caso Negreira’ lo reventó todo por los aires, y lo que antes eran sonrisas cómplices, pactos de caballeros y palmadas en la espalda, hoy son misiles balísticos apuntando directamente a la línea de flotación.

El Real Madrid, viejo zorro en estas lides, mantuvo un silencio sepulcral en los primeros días del escándalo arbitral. Dejó que el Barça se desangrara solo en las portadas. Pero cuando la Fiscalía entró de lleno, Florentino pulsó el botón rojo y metió al club blanco como acusación particular, alegando sentirse «perjudicado». Para Laporta, aquello fue la traición definitiva. El fin de la hermandad.

Esa herida, lejos de cicatrizar, ha entrado en fase de gangrena este mismo mes de octubre de 2026. Justo cuando la fase de instrucción del juez Aguirre enfila su recta final, el Real Madrid ha decidido no hacer prisioneros. Desde las oficinas de Valdebebas se ha enviado un dossier completo con los últimos avances de la investigación directamente a Nyon. El objetivo no es otro que presionar a la UEFA para que reactive su expediente y deje al Barça fuera de la Champions League. Un movimiento letal, a la yugular, que supondría la quiebra técnica e inmediata de un club catalán que sobrevive a base de malabares, palancas e ingeniería financiera.

La respuesta desde la Ciudad Condal no se ha hecho esperar, porque si algo le sobra a Joan Laporta es calle. Lejos de amilanarse ante el gigante blanco, el presidente azulgrana ha respondido al ataque ordenando a sus servicios jurídicos la preparación de querellas por calumnias contra la propia cúpula madridista. Ha intensificado su incendiario discurso victimista sobre el «equipo del régimen», ese mismo ataque que el aparato mediático del Real Madrid contestó en su día sacando a pasear la hemeroteca y el NO-DO en horario de máxima audiencia. Los puentes no están rotos; están reducidos a cenizas radiactivas.

Y en medio de este irrespirable clima de guerra fría, mañana les tocará sentarse juntos en la misma mesa. Cumplirán con el protocolo, porque el negocio así lo exige. Habrá el tradicional intercambio de obsequios, un apretón de manos calculado al milímetro para las cámaras de televisión, sonrisas de plástico encajadas a la fuerza y discursos vacíos en los que se llenarán la boca hablando de la «grandeza» de ambos clubes, de la «deportividad» y de la imagen que exportan al mundo.

Pero que nadie se engañe. Tras los trajes a medida y los modales exquisitos, el ambiente cortará la respiración. Bajo las mesas del restaurante y en los asientos calefactados del palco, ambos estarán deseando íntimamente que su equipo destroce, humille y pisotee al otro sin ningún tipo de piedad. Porque este domingo, una victoria aplastante en el feudo blanco no es solo sumar tres puntos en LaLiga; es asestar un golpe de autoridad institucional. Es la revancha visceral que los despachos de ambos clubes llevan meses pidiendo a gritos.

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