Llega el lunes por la mañana, te pides un café, abres la prensa deportiva y te das cuenta de una tragedia silenciosa: ya no hablamos de fútbol. Hace tiempo que los debates sobre el falso nueve, las transiciones rápidas o el talento de ese chaval de la cantera han sido sepultados por medidas cautelares, querellas criminales y autos de la Audiencia Nacional. El fútbol español ha sido secuestrado por los despachos, y en el centro de este fuego cruzado tenemos a dos generales dispuestos a volar el país entero antes de ceder un centímetro: Florentino Pérez y Javier Tebas.
Lo que estamos presenciando no es una simple discrepancia sobre cómo gestionar el chiringuito; es una guerra de trincheras regada de egos que amenaza con llevarse por delante los cimientos de nuestro deporte. A día de hoy, el presidente del Real Madrid y el de LaLiga ni se hablan, ni se esperan. Todo lo decide un juez con toga, no un árbitro con silbato.
Miremos el famoso pastel de CVC, el bautizado como «LaLiga Impulso». Tebas nos lo vendió como el oxígeno puro que salvaría a los clubes tras la asfixia de la pandemia, hipotecando los derechos audiovisuales por medio siglo. Florentino lo vio como un atraco a mano armada, una «expropiación ilegal» inasumible. ¿El resultado? Una lluvia de demandas. Y mientras ellos se tiran los trastos a la cabeza, el aficionado de a pie sigue pagando abonos a precio de oro.
Pero si CVC es la guerrilla de guerrillas, la Superliga es el botón nuclear. Florentino ha decidido que el mapa europeo se le queda pequeño y caduco, y lidera un órdago histórico para frenar a los clubes estado. Tebas, por su parte, se ha puesto la capa de superhéroe de la UEFA y de la clase media, advirtiendo que este proyecto elitista es la ruina de las competiciones domésticas. Entre acusaciones de campañas de desprestigio financiadas con la caja común y cruces de reproches, la sensación que queda es que a ninguno de los dos le importa realmente el ecosistema del fútbol, sino quién se queda con las llaves de la caja fuerte.
Y por si el fango fuera poco, el circo ha llegado hasta el mismísimo vestuario. Buscando imitar el show business americano, LaLiga saca la chequera para meter cámaras hasta en las duchas. El Madrid, con un portazo tremendo, se niega a mercantilizar su intimidad y vuelve a los juzgados. Al mismo tiempo, la maquinaria de Real Madrid TV disecciona cada error arbitral con lupa, incendiando al estamento hasta el punto de que a Tebas se le calienta la boca comparándolo con propaganda nazi. Un patinazo bochornoso que solo echa más gasolina al incendio.
El fútbol español vive hoy en libertad condicional. Cada asamblea es un campo de minas, el diálogo institucional es una utopía y las trincheras son cada vez más profundas. Nos están robando el debate, la táctica y la pasión, sustituyéndolos por un bucle infinito de burocracia y rencores personales. Preparad las palomitas —o mejor, los abogados— porque este partido de despachos no tiene pinta de pitar el final a corto plazo. Y los que perdemos por goleada, como siempre, somos los que solo queríamos ver rodar la pelota.





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