A buenas horas, mangas verdes. El Comité Técnico de Árbitros (CTA) ha tenido el detalle, la extrema deferencia, de descolgar el teléfono y admitirle al Sevilla lo que media España vio en riguroso directo: que en el Santiago Bernabéu hubo «errores» que perjudicaron a los hispalenses. ¿Y ahora qué hacemos con esa confesión? ¿Le mandan al Sevilla los puntos perdidos por correo urgente o se los ingresan en la cuenta corriente de la clasificación?
El fútbol moderno nos vendió el relato de que el VAR venía para esterilizar el juego y acabar con las injusticias de barra de bar. Nos llenaron los estadios de cámaras superlentas, nos pintan líneas de fuera de juego con escuadra y cartabón, y metieron a unos señores en una sala en Las Rozas para que no se escapara ni un mísero agarrón en el área. Pero la cruda realidad es que seguimos igual que en los años 90: con el pez grande comiéndose al chico y con disculpas en privado cuando el atraco en público ya está perpetrado.
Lo que ha pasado con el Sevilla en Chamartín es el enésimo síntoma de un ecosistema arbitral que vive aterrorizado. Cuando pitas en el Bernabéu, con la guillotina mediática afilándose durante toda la semana previa a base de vídeos, el silbato pesa toneladas. Ante la duda, la física cuántica del arbitraje español nos demuestra empíricamente que la moneda siempre cae del mismo lado. Y si el árbitro se equivoca, no pasa nada: se manda un recadito pidiendo perdón el martes y aquí paz y después gloria.
El reconocimiento del CTA es un brindis al sol que no le sirve absolutamente de nada al sevillismo. Al revés, indigna todavía más. Es la confirmación oficial, con sello y firma, de que te han birlado la cartera en tu cara y, encima, el carterista te manda una nota al día siguiente diciendo que siente mucho haberte dejado sin saldo.
Si el estamento arbitral quiere de verdad limpiar su maltrecha imagen, necesita menos confesionarios a puerta cerrada y más transparencia en directo. Que los árbitros den la cara tras los partidos, que asuman sus pifias frente a los micrófonos y que haya consecuencias deportivas tangibles. Mientras tanto, estas palmaditas en la espalda a toro pasado solo sirven como el triste consuelo de los tontos.





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